El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Esto no me gusta ––dijo––. Estos fulanos son más listos de lo que yo esperaba. Parece que han borrado su rastro. Me temo que lo tenÃan todo planeado de antemano.
Se estaba acercando a la puerta de la casa cuando ésta se abrió y un chiquillo de unos seis años, con el pelo rizado, salió corriendo de la casa, seguido por una mujer corpulenta y coloradota, que llevaba en la mano una esponja grande.
––¡Vuelve aquà y deja que te lave, Jack! ––gritó la mujer––. ¡Vuelve, diablillo! Como venga tu padre y te vea asÃ, nos vamos a enterar.
––¡Qué encanto de niño! ––exclamó Holmes, estratégicamente––. ¡Qué mejillas tan sonrosadas tiene el granuja! A ver, Jack, ¿quieres alguna cosa?
El niño se lo pensó un momento.
––Me gustarÃa un chelÃn ––dijo.
––¿No hay algo que te guste más?
––Me gustarÃan más dos chelines ––respondió aquel prodigio, tras pensarlo un poco.
––Pues ahà los tienes. ¡Cógelos! Un niño muy guapo, señora Smith.
––Dios le bendiga, señor. Es guapo, pero muy revoltoso. Yo casi no puedo controlarlo, sobre todo cuando mi hombre está fuera varios dÃas seguidos.