El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Estaba ya bastante avanzada la tarde cuando me desperté, fortalecido y reanimado.
Sherlock Holmes seguÃa sentado exactamente igual que la última vez que lo vi, salvo que habÃa dejado a un lado el violÃn y ahora se hallaba absorto en un libro. Me miró de refilón cuando empecé a moverme y noté que tenÃa una expresión sombrÃa y preocupada.
––Ha dormido como un tronco ––dijo––. Temà que nuestra conversación le despertara.
––No he oÃdo nada ––respondÖ–. ¿Asà que ha tenido nuevas noticias?
––Por desgracia, no. Confieso que estoy sorprendido y decepcionado.
Esperaba tener algo concreto a estas horas. Wiggins acaba de pasar a informar. Dice que no han encontrado ni rastro de la lancha. Es un parón irritante, porque cada hora cuenta.
––¿Puedo hacer algo? Estoy perfectamente recuperado y listo para otra salida nocturna.
––No, no podemos hacer nada. Únicamente esperar. Si salimos, el mensaje puede llegar durante nuestra ausencia y se producirÃa un retraso. Usted haga lo que quiera, pero yo tengo que quedarme de guardia.
––En tal caso, me pasaré por Camberwell y le haré una visita a la señora de Cecil Forrester. Me lo pidió ayer.