El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Será mejor que lo coja. Conviene ir bien preparados. Veo que el coche ya está en la puerta. Encargué que viniera a las seis y media.
Eran poco más de las siete cuando llegamos al embarcadero de Westminster y encontramos la lancha aguardándonos. Holmes la miró con ojo crÃtico.
––¿Hay algo que la identifique como una lancha de la policÃa?
––SÃ, ese farol verde al costado.
––Pues quÃtenlo.
Se efectuó el pequeño cambio, saltamos a bordo y soltamos amarras. Jones, Holmes y yo nos sentamos a popa. HabÃa un hombre al timón, otro atendiendo las máquinas y dos corpulentos agentes de policÃa a proa.
––¿Dónde vamos? ––preguntó Jones.
––A la Torre. DÃgales que se detengan enfrente del astillero de Jacobinos. Se notaba que nuestra embarcación era muy rápida. Adelantábamos a las largas hileras de gabarras de carga como si estuvieran paradas. Holmes sonrió con satisfacción cuando alcanzamos a un vapor fluvial y lo dejamos atrás.
––Parece que somos capaces de alcanzar cualquier embarcación del rÃo –– dijo.
––Bueno, no tanto. Pero no creo que haya muchas que nos ganen.