El signo de los cuatro

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Gritó de rabia e impotencia, y pateó frenéticamente el barro con el otro pie; pero lo único que consiguió con sus forcejeos fue clavar aun más su ancla de madera en el fango de la orilla. Cuando la lancha llegó hasta él, estaba tan firmemente anclado que tuvimos que pasarle una cuerda bajo los hombros para desclavarlo e izarlo por la borda, como si hubiéramos pescado un pez maligno. Los dos Smith, padre e hijo, se habían quedado sentados en su lancha con expresión abatida, pero subieron mansamente a bordo de la nuestra cuando se los ordenamos. Desembarrancamos el Aurora y lo amarramos a nuestra popa. Sobre su cubierta había un sólido cofre de hierro, de artesanía india. No cabía duda de que aquella era la caja que contenía el infausto tesoro de los Sholto. No tenía llave, pero pesaba muchísimo, así que lo llevamos con cuidado a nuestro pequeño camarote.

Mientras remontábamos de nuevo el río a poca velocidad, enfocamos nuestro proyector en todas direcciones, pero no vimos ni rastro del isleño. En algún lugar del fondo del Támesis, entre el fango negro, yacen los huesos de aquel extraño visitante de nuestras costas.

––Mire esto ––dijo Holmes, señalando la escotilla de madera––. Parece que no fuimos lo bastante rápidos con nuestras pistolas.


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