El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Me temÃa algo asà ––dijo––. Y, sinceramente, no puedo felicitarle.
Me sentà un poco ofendido.
––¿Tiene algún motivo para que le desagrade mi elección? ––pregunté.
––No, en absoluto. Opino que es una de las muchachas más encantadoras que he conocido, y podrÃa haber resultado muy útil en un trabajo como el nuestro. Posee verdadero talento para estas cosas. FÃjese en cómo conservó el plano de Agra, seleccionándolo entre todos los demás papeles de su padre.
Pero el amor es una cosa emotiva, y todo lo emotivo es contrario a la razón pura y serena, que yo valoro por encima de todo lo demás. Yo nunca me casarÃa, porque eso podrÃa condicionar mi buen juicio.
––ConfÃo ––dije, echándome a reÃr–– en que mi buen juicio logre sobrevivir a esta prueba. Pero le veo fatigado.
––SÃ, ya me viene la reacción. Durante la próxima semana estaré más flojo que un trapo.
––Es extraño ––dije–– cómo alternan en usted perÃodos de lo que en otra persona podrÃamos llamar vagancia con arranques de energÃa y vigor deslumbrantes.