El signo de los cuatro
El signo de los cuatro Si tenía diecisiete años cuando desapareció su padre, ahora debía de tener veintisiete, una edad espléndida, cuando la juventud ha perdido su arrogancia y se vuelve algo más sensata gracias a la experiencia. Y así seguí, sentado y cavilando, hasta que surgieron en mi mente pensamientos tan peligrosos que corrí hacia mi escritorio y me sumergí con furia en el más reciente tratado de patología. ¿Quién era yo, un médico militar retirado, con una pierna débil y una cuenta bancaria más débil aún, para atreverme a pensar en cosas así? Ella era una unidad, un factor, y nada más. Si mi futuro se presentaba negro e incierto más valía afrontarlo como un hombre que intentar alegrarlo con simples fantasías de la imaginación.