El signo de los cuatro

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Efectivamente, habíamos llegado a una barriada bastante sospechosa y desagradable. Largas y monótonas hileras de casas de ladrillo, alegradas tan sólo por el turbio resplandor y los vulgares adornos de los bares de las esquinas. Pasamos luego ante varias manzanas de casas de dos plantas, todas ellas con un minúsculo jardín delante; y otra vez las interminables filas de edificios nuevos de ladrillo, monstruosos tentáculos que la gigantesca ciudad extendía hacia el campo. Por fin, el coche se detuvo ante la tercera casa de una manzana recién construida. Ninguna de las otras casas estaba habitada, y la que parecía nuestro destino estaba tan a oscuras como sus vecinas, excepto por un débil resplandor en la ventana de la cocina. Sin embargo, en cuanto llamamos a la puerta, la abrió al instante un sirviente indio ataviado con turbante amarillo, ropa blanca holgada y una faja amarilla. Había algo extraño e incongruente en aquella figura oriental enmarcada en el umbral de una vivienda suburbana de tercera clase.

––El sahib los aguarda ––dijo.

Aún no había terminado de hablar cuando una voz aguda y chillona gritó desde alguna habitación interior: ––Hazlos pasar, khitmutgar. Que pasen en seguida.


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