El signo de los cuatro

El signo de los cuatro

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Todos nos quedamos asombrados por el aspecto de la habitación a la que nos invitaba a entrar. Parecía tan fuera de lugar en aquella fúnebre casa como un diamante de la mejor calidad en una montura de latón. Las paredes estaban cubiertas por espléndidas cortinas y deslumbrantes tapices, recogidos aquí y allá para dejar sitio a algún cuadro lujosamente enmarcado o a un jarrón oriental. La alfombra, de colores ámbar y negro, era tan blanda y tan gruesa que los pies se hundían agradablemente en ella, como en una capa de musgo. Dos grandes pieles de tigre extendidas sobre la alfombra acentuaban la impresión de lujo oriental, a la que contribuía una enorme hookah colocada sobre una esterilla en un rincón. Una lámpara con forma de paloma de plata colgaba de un cable casi invisible en el centro de la habitación. Al arder, impregnaba el aire de un aroma sutil.

––Soy Thaddeus Sholto ––dijo el hombrecillo, sin dejar de temblar y sonreír––. Ése es mi nombre. Usted, naturalmente, es la señorita Morstan. Y estos caballeros…

––Éste es el señor Sherlock Holmes, y éste el doctor Watson.



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