El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Parece una espina ––dije.
––Es una espina. Puede usted arrancarla, pero tenga cuidado, porque está envenenada.
La cogà entre el Ãndice y el pulgar. Salió con tanta facilidad que prácticamente no dejó señal en la piel. El único rastro del pinchazo era una minúscula gotita de sangre.
––Para mÃ, todo esto es un misterio insoluble ––dije––. En lugar de aclararse, cada vez se enturbia más.
––Al contrario ––respondió Holmes––. Se va aclarando más a cada instante. Ya sólo me faltan unos pocos eslabones para tener el caso completamente explicado.
Desde que entramos en la habitación, casi nos habÃamos olvidado de nuestro compañero, que seguÃa de pie en el umbral, convertido en la imagen misma del terror, retorciendo las manos y gimoteando en voz baja. Pero de pronto estalló en un grito penetrante y angustiado.
––¡El tesoro ha desaparecido! ––exclamó––. ¡Le han robado el tesoro! Ése es el agujero por donde lo bajamos. Yo le ayudé a hacerlo. Fui la última persona que vio a mi hermano. Lo dejé aquà anoche, y le oà cerrar la puerta mientras yo bajaba la escalera.
––¿Qué hora era?