El signo de los cuatro
El signo de los cuatro ––Las diez de la noche. Y ahora está muerto, y llamarán a la policÃa, y sospecharán que yo he tenido parte en el asunto. SÃ, seguro que sospecharán.
Pero ustedes no creerán eso, ¿verdad, caballeros? ¿Verdad que no creen que fui yo? ¿Los habrÃa traÃdo aquà si hubiera sido yo? ¡Ay, Dios mÃo! ¡Ay, Dios mÃo! Sé que me voy a volver loco. Se puso a agitar los brazos y patear el suelo, en una especie de frenesà convulsivo.
––No debe temer nada, señor Sholto ––dijo Holmes amablemente, poniéndole la mano en el hombro––. Siga mi consejo y vaya en el coche a la comisarÃa para informar a la policÃa. Ofrézcase para ayudarlos en todo lo que haga falta. Nosotros aguardaremos aquà hasta que usted vuelva.
El hombrecillo obedeció medio atontado y le oÃmos bajar las escaleras en la oscuridad, dando tropezones.