El ultimo saludo de Sherlock Holmes

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Sólo quedaba un punto oscuro. Ninguno de los datos que yo poseía podía explicar la repentina partida de la dama. Vivía muy feliz en Lausana. Todo parecía indicar que tenía la intención de quedarse el resto de la temporada en sus lujosas habitaciones con vistas al lago. Y, sin embargo, se había marchado avisando con un solo día de antelación, lo cual la había obligado a pagar la cuenta de una semana entera sin provecho alguno. Sólo Jules Vibart, el novio de la doncella, había sugerido una posible explicación. Vibart relacionaba la brusca partida con la visita al hotel, uno o dos días antes, de un hombre alto, moreno y barbudo. Un sauvage; un véritable sauvage, aseguraba. El hombre se alojaba en algún otro lugar de la ciudad. Se le había visto hablando muy en serio con la señora en el paseo que bordea el lago. Luego había acudido a visitarla al hotel, pero ella se había negado a recibirle. Era inglés, pero nadie sabía su nombre. La señora se había marchado inmediatamente después. Jules Vibart y —lo que es más importante— la novia de Jules Vibart opinaban que entre la visita y la precipitada marcha había una relación de causa y efecto. Sólo había una cosa de la que Jules no quería hablar: la razón por la que Marie se había separado de su señora. De eso no podía o no quería decir una palabra. Si yo quería enterarme, tendría que ir a Montpellier y preguntárselo a ella.


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