El ultimo saludo de Sherlock Holmes
El ultimo saludo de Sherlock Holmes Pero estaba escrito que la reanudarÃamos mucho antes de aquella hora, y en circunstancias que me provocaron un sobresalto que nada tenÃa que envidiar al que me produjo el salto de Holmes hacia la puerta. Llevaba algunos minutos contemplando en silencio la figura que yacÃa en la cama. TenÃa el rostro casi cubierto por las sábanas y parecÃa dormido. Sintiéndome incapaz de sentarme a leer, di un lento paseo por la habitación, examinando los retratos de famosos criminales que adornaban todas las paredes. Por último, caminando sin rumbo, llegué a la repisa de la chimenea. Sobre ella habÃa desparramado todo un surtido de pipas, petacas, jeringas, navajas, cartuchos de revólver y otros objetos. En medio de todos habÃa una cajita de marfil blanca y negra, con tapa deslizante. Era bastante bonita, y ya habÃa extendido la mano para examinarla más de cerca, cuando…
—¡Deje eso! ¡Déjelo ahora mismo, Watson! ¡Ahora mismo, le digo! —Su cabeza volvió a caer sobre la almohada, con un fuerte suspiro de alivio, cuando volvà a dejar la cajita en la repisa—. Odio que anden tocando mis cosas, Watson, sabe usted que lo odio. Me está usted irritando más de lo que puedo soportar. Vaya un médico… Es usted capaz de mandar a un paciente al manicomio. Siéntese, hombre, y déjeme descansar.