Historia del espiritismo

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CAPITULO IVEL EPISODIO DE HYDESVILLE

Hemos expuesto hasta aquí varias manifestaciones, irregulares e inconexas, de la fuerza psíquica, llegando ahora a un episodio que se produjo en nivel inferior a los otros, pero ocurrido a la vista de personas prácticas que lo investigaron por completo a la luz de la razón y redujeron a sistema lo que hasta entonces había sido mero objeto de admiración sin fin determinado. Es verdad que las circunstancias del caso a que aludimos, eran humildes, los actores sencillos, el lugar remoto, y la «comunicación» poco elevada, puesto que obedecía a motivos de venganza. Sin embargo, cuando en los cotidianos asuntos de este mundo se quiere saber si un hilo telegráfico trabaja, se comprueba si pasa el despacho, siendo secundario si el texto del mensaje es más o menos prosaico. Dícese que el primer mensaje que pasó a través del cable trasatlántico era una pregunta vulgar hecha por el ingeniero verificador, a pesar de lo cual reyes y presidentes lo usaron después. Así puede decirse que el humilde espíritu del buhonero asesinado en Hydesville, abrió un claro por el cual precipitáronse los ángeles. Hay bueno y malo interpuesto entre éste y el Otro Mundo: el ente que atraemos no depende sino de nosotros mismos y de los móviles que nos impulsan. Hydesville es un pueblecillo típico del Estado de Nueva York, con una población primitiva, indudablemente poco culta, pero que estaba como todos esos pequeños centros de vida americanos, más libre de prejuicios y más abonado para las nuevas ideas que cualquier otro pueblo de la época. Aquel pueblecillo, situado a unas veinte millas de la ciudad de Rochester, sólo constaba de unas cuantas casas de madera del tipo más humilde. En una de ellas, que apenas habría bastado para las necesidades de un veedor de condado británico, se produjeron los fenómenos que, en opinión de muchos, han sido la cosa más importante con que América contribuyera al común acervo espiritual del mundo. Habitaba allí una honrada familia de granjeros llamada Fox, nombre que, por coincidencia curiosa, había ya registrado la historia religiosa, por ser el del apóstol de los cuákeros. Se componía del padre, de la madre, ambos metodistas en religión, y dos hijas residentes en la casa en el momento en que las manifestaciones de ultratumba llegaron a tal punto de intensidad que atrajeron la atención general. Las niñas llamábanse Margarita, de catorce años, y Catalina, de once. Había otros hijos que vivían fuera, de los cuales sólo uno, Lea, que era profesora de piano en Rochester, tomó parte en esta historia.


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