Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Lo fue al principio -contestó ella-, pero ahora sé dónde están las letras sin necesidad de mirar.
De pronto, dándose cuenta de todo el alcance de sus palabras, experimentó un violento sobresalto, y alzó su vista para mirar con temor y asombro a la cara ancha y de expresión simpática.
-Usted ha oÃdo hablar de mÃ, señor Holmes -exclamó-. De otro modo, ¿cómo podÃa saber eso?
-No le dé importancia -le dijo Holmes, riéndose-, porque la profesión mÃa consiste en saber cosas. Es posible que yo me haya entrenado en fijarme en lo que otros pasan por alto. Si no fuera asÃ, ¿qué razón tendrÃa usted para venir a consultarme?
-Vine a consultarle, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, el paradero de cuyo esposo descubrió usted con tanta facilidad cuando la PolicÃa y todo el mundo lo habÃa dado por muerto. ¡Ay señor Holmes, si usted pudiera hacer eso mismo para mÃ! No soy rica, pero dispongo de un centenar de libras al año de renta propia, además de lo poco que gano con la máquina de escribir, y darÃa todo ello por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
-¿Por qué salió a la calle con tal precipitación para consultarme? -preguntó Sherlock Holmes, juntando unas con otras las yemas de los dedos de sus manos, y con la vista fija en el techo.