Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes El señor Windibank saltó de su asiento y echó mano a su sombrero, diciendo:
-Señor Holmes, yo no puedo perder el tiempo escuchando esta clase de charlas fantásticas. Si usted puede apoderarse de ese hombre, hágalo, y avíseme después.
-Desde luego -dijo Holmes, cruzando la habitación y haciendo girar la llave de la puerta-. Por eso le notifico ahora que lo he atrapado.
-¡Cómo! ¿Dónde? -gritó el señor Windibank, y hasta sus labios palidecieron mientras miraba a todas partes igual que rata cogida en la trampa.
-Es inútil todo lo que haga, es verdaderamente inútil -le dijo con voz suave Holmes-. Señor Windibank, la cosa no tiene vuelta de hoja. Es demasiado transparente, y no me hizo usted ningún elogio cuando dijo que me sería imposible resolver un problema tan sencillo. Bien, siéntese, y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla con el rostro lívido y un brillo de sudor por toda su frente, balbuciendo:
-No cae dentro de la ley.