Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes Puso la mano sobre una parte del mapa y preguntó:
-¿Qué lee usted aquí?
-ARAT -leí.
-¿Y ahora? -levantó la mano.
-BALLARAT.
-Exacto. Eso es lo que dijo el moribundo, pero su hijo sólo entendió las dos últimas sílabas: a rat, una rata. Estaba intentando decir el nombre de su asesino. Fulano de Tal, de Ballarat.
-¡Asombroso! -exclamé.
-Evidente. Con eso, como ve, quedaba considerablemente reducido el campo. La posesión de una prenda gris era un tercer punto seguro, siempre suponiendo que la declaración del hijo fuera cierta. Ya hemos pasado de la pura incertidumbre a la idea concreta de un australiano de Ballarat con un capote gris.
-Desde luego.
-Y que, además, andaba por la zona como por su casa, porque al estanque sólo se puede llegar a través de la granja o de la finca, por donde no es fácil que pase gente extraña.
-Muy cierto.
-Pasemos ahora a nuestra expedición de hoy. El examen del terreno me reveló los insignificantes detalles que ofrecí a ese imbécil de Lestrade acerca de la persona del asesino.