Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Bien, no me corresponde a mí juzgarle -dijo Holmes, mientras el anciano firmaba la declaración escrita que acababa de realizar-. Y ruego a Dios que nunca nos veamos expuestos a semejante tentación.
-Espero que no, señor. ¿Y qué se propone usted hacer ahora?
-En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá que responder de sus acciones ante un tribunal mucho más alto que el de lo penal. Conservaré su confesión y, si McCarthy resulta condenado, me veré obligado a utilizarla. De no ser así, jamás la verán ojos humanos; y su secreto, tanto si vive usted como si muere, estará a salvo con nosotros.
-Adiós, pues -dijo el anciano solemnemente-. Cuando les llegue la hora, su lecho de muerte se les hará más llevadero al pensar en la paz que han aportado al mío -y salió de la habitación tambaleándose, con toda su gigantesca figura sacudida por temblores.
-¡Que Dios nos asista! -exclamó Sherlock Holmes después de un largo silencio-. ¿Por qué el Destino les gasta tales jugarretas a los pobres gusanos indefensos? Siempre que me encuentro con un caso así, no puedo evitar acordarme de las palabras de Baxter y decir: «Allá va Sherlock Holmes, por la gracia de Dios».