Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes El joven sacó del chaleco un sobre arrugado, y volviéndolo boca abajo encima de la mesa, hizo saltar del mismo cinco pequeñas semillas secas de naranja.
-He aquí el sobre -prosiguió-. El estampillado es de Londres, sector del Este. En el interior están las mismas palabras que traía el sobre de mi padre: «K. K. K.», y las de «Coloque los documentos encima de la esfera del reloj de sol».
-¿Qué ha hecho usted?-preguntó Holmes.
-Nada.
-¿Nada?
-A decir verdad -y hundió el rostro dentro de sus manos delgadas y blancas- me sentí perdido. Algo así como un pobre conejo cuando la serpiente avanza retorciéndose hacia él. Me parece que estoy entre las garras de una catástrofe inexorable e irresistible, de la que ninguna previsión o precaución puede guardarme.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Sherlock Holmes-. Es preciso que usted actúe, hombre, o está usted perdido. Únicamente su energía le puede salvar. No son momentos éstos de entregarse a la desesperación.
-He visitado a la Policía.
-¿y qué?