Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones —pues la casa no era otra que el fumadero de opio en el que usted me ha encontrado— y tras atravesar a toda velocidad la sala delantera, intentó subir por las escaleras que llevan al primer piso. Pero al pie de las escaleras le salió al paso ese granuja de marinero del que le he hablado, que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le sirve de asistente, la echó a la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores, corrió calle abajo y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios policías y un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos hombres la acompañaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resistencia del propietario, se abrieron paso hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última vez. No había ni rastro de él. De hecho, no encontraron a nadie en todo el piso, con excepción de un inválido decrépito de aspecto repugnante. Tanto él como el propietario juraron insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en aquella habitación. Su negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado a creer que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre una cajita de madera que había en la mesa y levantó la tapa violentamente, dejando caer una cascada de ladrillos de juguete. Era el regalo que él había prometido llevarle a su hijo.