Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Pues, la verdad, me encontré con mis planes seriamente amenazados. Saqué la impresión de que quizá la pareja se iba a largar de allí inmediatamente, lo que requeriría de mi parte medidas rapidísimas y enérgicas. Sin embargo, se separaron a la puerta de la iglesia, regresando él en su coche al Temple y ella en el suyo a su propia casa. Al despedirse, le dijo ella: -Me pasearé, como siempre, en coche a las cinco por el parque.- No oí más. Los coches tiraron en diferentes direcciones, y yo me marché a lo mío.
-Y ¿qué es lo suyo?
-Pues a comerme alguna carne fiambre y beberme un vaso de cerveza -contestó, tocando la campanilla-. He andado demasiado atareado para pensar en tomar ningún alimento, y es probable que al anochecer lo esté aún más. A propósito doctor, me va a ser necesaria su cooperación.
-Encantado.
-¿No le importará faltar a la ley?
-Absolutamente nada.
-¿Ni el ponerse a riesgo de que lo detengan?
-No, si se trata de una buena causa.
-¡Oh, la causa es excelente!
-Entonces, cuente conmigo.
-Estaba seguro de que podía contar con usted.
-Pero ¿qué es lo que desea de mí?