Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes »He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al dar una última y apresurada mirada a mà alrededor, vi una fina lÃnea de luz amarilla entre dos de las tablas, lÃnea que se ensanchó más y más al correrse hacia atrás un pequeño panel. Por un instante apenas pude creer que hubiese de veras una puerta que me alejara de la muerte. Un momento después, me lancé a través de la abertura y me desplomé, medio desmayado, al otro lado de ella. El panel se habÃa cerrado de nuevo detrás de mÃ, pero la rotura de la lámpara y, momentos después, el choque entre las dos planchas metálicas, me indicaron bien a las claras que habÃa escapado por los pelos.
»Me hizo volver en mà un frenético tirón en mi muñeca, y me encontré echado en el suelo de piedra de un estrecho corredor, con una mujer agachada que tiraba de mà con la mano izquierda, mientras sostenÃa una vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia habÃa despreciado con tanta imprudencia.
»-¡Vamos, vamos! -exclamó casi sin aliento-. Estarán aquà dentro de un momento y descubrirán su ausencia. ¡Por favor, no pierda un tiempo tan precioso y venga!