Las Aventuras de Sherlock Holmes
Las Aventuras de Sherlock Holmes -Me felicito de oírle decir eso a su majestad.
-Tengo contraída una deuda inmensa con usted. Dígame, por favor, de qué manera puedo recompensarle. Este anillo…
Se saco del dedo un anillo de esmeralda en forma de serpiente, y se lo presentó en la palma de la mano.
-Su majestad está en posesión de algo que yo valoro en mucho más -dijo Sherlock Holmes.
-No tiene usted más que nombrármelo.
-Esta fotografía.
El rey se le quedó mirando con asombro, y exclamó:
-¡La fotografía de Irene! Suya es, desde luego, si así lo desea.
-Doy las gracias a su majestad. De modo, pues, que ya no queda nada por tratar de este asunto. Tengo el honor de dar los buenos días a su majestad.
Holmes se inclinó, se volvió sin darse por enterado de la mano que el rey le alargaba, y echó a andar, acompañado por mí, hacia sus habitaciones.