Azar
Azar El ahorro… y la niña
»En cambio, en modo alguno podría tacharse de incorrecto que observara delante de Fyne que la noche anterior su señora sí parecía tener cierta idea de a dónde podría haberse marchado la emprendedora jovencita. Fyne negó con la cabeza. De ninguna manera: su esposa no tenía ni mucho menos la certidumbre que fingía tener. Tenía meramente algún que otro motivo para pensar, para confiar más bien, que la muchacha hubiese encontrado alojamiento en Londres, que se hubiese escondido en la ciudad para prepararse de cara al día en que…, o quién sabe, tal vez espantada por su proximidad.
»Calló y tomó asiento solemnemente abatido, con un aire lúgubre y meditabundo.
»—¿Qué día? —pregunté a la postre; por lo visto, no me oyó. Difundía en el ambiente un pesimismo tan portentoso que perdí la paciencia—. ¿A cuento de qué diantre se me pone usted tan agorero? —terminé por exclamar, genuinamente sorprendido e incluso perplejo—. Cualquiera diría que la muchacha era un prisionero de Estado que hubiese sido confiado a su custodia.
»Y de pronto me sorprendí más aún por mi reacción, por cómo había dado por sentadas ciertas cosas cuya rareza saltaba a la vista tan pronto se pensaran dos veces.
