Azar
Azar El Ferndale
He dicho antes que la historia de Flora de Barral me fue dada a conocer por entregas sucesivas. Llegado a ésta, pasé algún tiempo sin ver a Marlow. A la postre, una noche y a hora muy temprana, muy poco después de cenar, apareció de visita por mi casa.
Había esperado su visita, o que al menos diese señales de vida, acicateado por un comentario no se me pasó por la cabeza hasta que él se hubo marchado.
—Y digo yo —le abordé de inmediato—, ¿cómo puede tener la certeza de que Flora de Barral se hizo en efecto a la mar? Después de todo, la esposa del capitán del Ferndale, “la señora a la que de ninguna manera se debe molestar”, según el relato del viejo guarda del navío, bien pudiera no haber sido Flora.
—Pues lo sé a ciencia cierta, en efecto —dijo—, aun cuando sólo sea porque últimamente he tenido algún trato con el señor Powell.
—¡Qué me dice! —exclamé—. Es la primera noticia que tengo. ¿Y desde cuándo, si puede saberse?
—Pues desde el primer día. Usted subió a la ciudad dejándome en la posada. Dormí en tierra firme. A la mañana siguiente, el señor Powell vino a desayunarse; después que se hubo disipado el embarazo inicial que produce encontrarse de mañana con un hombre al que se ha pegado la hebra durante la noche anterior, descubrimos que teníamos cierta afinidad.
