Azar
Azar Anthony y Flora
Marlow emergió de la sombra que proyectaba la biblioteca para tomar un cigarro puro de una caja que descansaba en la mesita, a mi lado. La iluminación plena de la estancia me reveló en sus ojos esa expresión levemente burlesca con la que por costumbre encubre sus contagiosos arranques de alborozo o de compasión, frente a las irracionales complicaciones que el idealismo humano introduce en un problema tan simple, aunque apasionante, como es la conducta de los hombres en esta tierra.
Escogió el cigarro y le prendió lumbre con extremo esmero, y se volvió hacia mí. Lo había estado mirando en silencio.
—Supongo —dijo, y la ironía de su mirada dio una inusitada transparencia a su tono de voz— que debe de estar usted pensando que ya va siendo hora de que le cuente algo definitivo, quiero decir concreto, acerca de este misterio psicológico que se iba desarrollando en el camarote (pues salta a la vista que debe tratarse de algo psicológico), y que tan profundamente afectaba al señor Franklin, primer oficial de a bordo, amén de haber perturbado incluso la serena inocencia del señor Powell, segundo oficial del Ferndale, comandado por Roderick Anthony… el hijo del poeta, ya sabe usted.
—Y ahora va a confesarme que no ha logrado averiguarlo —dije con fingida indignación.
