Azar
Azar «… una noche sin luna, con el cielo cuajado de estrellas, muy oscura la mar…».
»En el comedor, Powell se encontró al señor Franklin con un cuchillo de mesa en la mano, troceando un pedazo de carne de ternera en salazón. Con el rostro encendido, sin quitar ojo de lo que estaba haciendo, el segundo de a bordo le explicó que el trinchero del comedor no aparecÃa por ninguna parte. El auxiliar, también presente, se quejó con acritud del cocinero. El bruto aquel se llevaba las cosas a la cocina y si las he visto no me acuerdo. El señor Franklin intentó apaciguarlo con plañidera firmeza.
»—Basta, basta. Ya está bien. Los que tantos años llevamos juntos en el barco tenemos mejores cosas en qué pensar, antes de ponernos a reñir.
»Ahà lo tienes: vuelve a la carga, se dijo Powell con exasperación, pues tal pronunciamiento no era crÃptico para él. Habiéndose retirado el auxiliar con aire reconcentrado, no le sorprendió oÃr al segundo de a bordo dar la lata como de costumbre. Esa misma mañana, por culpa sin duda de un eslabón defectuoso, se habÃa partido una de las estacas de sujeción del foque, con lo que sobre la toldilla de popa habÃan caÃdo con un estruendo pavoroso unos cuarenta pies de cadena y de cable metálico, entremezclados con las poleas de hierro.
»—¿Se fijó usted en el capitán, señor Powell? ¿Se fijó en él en ese momento?
