Azar

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En seguida tuvo oportunidad de reprender al mozo por el desaliño con que le servía la cena. Lo hizo con gran energía, y al concluir se dirigió a nosotros.

—Si en la mar —afirmó— faenásemos igual que estas gentes de tierra adentro, sean de alta o de baja cuna, jamás nos ganaríamos la vida. Nadie, lo que se dice nadie, estaría dispuesto a contratarnos. Y, lo que es aún más grave, ni un solo barco guiado y pilotado con el descuido y el descaro con que la gente de tierra adentro se ocupa de sus quehaceres, ni un solo barco en tales condiciones arribaría jamás a puerto.

Desde que se había retirado de la mar había tenido tiempo y ocasiones de sobra para darse cuenta de que las personas con cierta educación no eran ni por asomo mejores que las demás. A nadie parecía resultarle su trabajo motivo de orgullo: desde los fontaneros, que no eran sino ladrones de medio pelo, hasta, digamos, los periodistas (a quienes él tenía en muy especial consideración dentro de la clase de los intelectuales), que nunca, lo que se dice ni por casualidad, daban una versión ceñida a la realidad de los asuntos más sencillos. La ineptitud universal de lo que él denominaba «la chusma de tierra adentro» la achacaba, por lo general, a una falta de responsabilidad absoluta y a una determinada concepción de la seguridad.


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