El Agente secreto
El Agente secreto De pie, abotonándose ahora su abrigo, el Profesor miró a su alrededor con perfecta indiferencia.
—¿Qué piensa hacer usted? —preguntó Ossipon, cansadamente. TemÃa los cargos del Comité Central Rojo, un cuerpo sin domicilio permanente, y de cuyos miembros no estaba informado con exactitud. Si este asunto daba por resultado la suspensión del modesto subsidio acordado a la publicación de los panfletos del F. P., entonces tendrÃa motivos para lamentar, sin duda, la inexplicable locura de Verloc.
—Una cosa es la solidaridad con las más extremas formas de acción, otra es una estúpida torpeza —dijo, con una especie de brutalidad malhumorada—. No sé qué le dio a Verloc. Hay algún misterio ahÃ. De todos modos, él ya no está. Usted puede tomarlo como quiera, pero en las circunstancias actuales, la única actitud sensata del grupo militante revolucionario es rechazar toda conexión con este maldito capricho de ustedes. Lo que me preocupa es cómo conseguir que esta negativa sea convincente.
El hombrecillo de pie, abotonado y listo para partir, no era más alto que Ossipon sentado. Enfocó sus anteojos en la cara de este último a quemarropa.
—Usted puede pedirle a la policÃa un certificado de buena conducta. Ellos saben dónde durmió cada uno de ustedes anoche. Quizá si ustedes se lo pidieran, ellos aceptarÃan publicar alguna declaración oficial.