El Agente secreto

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Cinco

El Profesor había doblado por una calle a la izquierda, y caminaba solo, con su cabeza rígidamente erecta, en una multitud en la que casi cada individuo sobrepasaba su reducida estatura. Para él era inútil pretender que no estuviera decepcionado. Pero esto no pasaba de ser un sentimiento; el estoicismo de su pensamiento no podía verse perturbado por éste ni por ningún otro fracaso. La próxima vez, o la vez después de la próxima, se daría un golpe importante —algo realmente sorprendente— un golpe capaz de abrir la primera grieta en la fachada imponente del gran edificio de las concepciones legales que perpetuaban la atroz injusticia de la sociedad. De origen humilde, y con un aspecto tan mezquino que en realidad constituía un obstáculo para el desarrollo de sus considerables dotes naturales, su imaginación había sido exaltada desde la infancia por los relatos de personajes que se levantaban desde las profundidades de la pobreza hasta posiciones de poder y de dinero. La pureza extrema, casi ascética, de su pensamiento, combinada con una asombrosa ignorancia de las condiciones del mundo, habían colocado frente a sus ojos un objetivo de poder y prestigio que debía ser alcanzado sin el instrumento de las artes, el favor, el tacto, la fortuna; por el exclusivo peso del mérito. Desde ese punto de vista, se consideraba acreedor a un éxito indiscutido. Su padre, un entusiasta frágil y oscuro, de frente hundida, había sido un predicador ambulante y elocuente de alguna desconocida pero rígida secta cristiana —un hombre que tenía una confianza suprema en los privilegios de su rectitud—. En el hijo, individualista por temperamento, una vez que la ciencia de los colegios hubo reemplazado por completo la fe de los conciliábulos, esta actitud moral se transformó en un puritanismo frenético de la ambición. Lo alimentó como algo sagrado de la vida secular. Verlo contrariado le abrió los ojos sobre la verdadera naturaleza del mundo, cuya moral era artificiosa, corrompida y blasfema. Son impulsos personales disfrazados de creencias los que preparan el camino hasta de las revoluciones más justificadas. La indignación del Profesor encontró en sí misma una causa final que lo absolvía del pecado de buscar la destrucción como agente de su ambición. Destruir la fe pública en la legalidad fue la fórmula imperfecta de su fanatismo pedante; pero la convicción subconsciente de que el marco de un orden social establecido sólo puede ser eficazmente alterado mediante alguna forma individual o colectiva de violencia, era precisa y correcta. Él era un agente moral; eso estaba claro en su mente. Al ejercer su mandato con implacable desprecio, él obtenía para sí las apariencias del poder y del prestigio personal. Para su vengativa amargura, esto era innegable. Calmaba su inquietud; y quizás, a su manera, los más ardorosos revolucionarios no hacen otra cosa que buscar la paz en común con el resto de la humanidad, la paz de la vanidad complacida, de los apetitos satisfechos, o quizá de la conciencia aplacada.


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