El Agente secreto
El Agente secreto El modelo para ciertos personajes del relato, legales o de la ilegalidad, provino de fuentes diversas que quizás, aquí o allá, algún lector pueda haber reconocido. No son muy recónditas. Pero aquí no me interesa legitimar a ninguna de esa gente, e incluso en lo que atañe a mi punto de vista general sobre las reacciones morales frente al criminal y al policía, me limitaré a decir que me parece una materia por lo menos discutible.
Los doce años transcurridos desde la publicación del libro no me han hecho cambiar de actitud. No me arrepiento de haberlo escrito. Recientemente, ciertas circunstancias, que no tienen nada que ver con el tono general de este prefacio, me han impulsado a despojar este relato de ese ropaje literario de indignado desdén que tanto me costó, hace algunos años, hacerle vestir con decencia. Me he visto forzado, por así decirlo, a observar su osamenta desnuda. Confieso que forma un esqueleto horrible. Pero todavía insisto en que al contar la historia de Winnie Verloc hasta su final anarquista de total desolación, locura y desesperación, y al contarla como la he contado aquí, no he pretendido cometer un ultraje gratuito contra los sentimientos de la humanidad.[3]
1920
J. C.