El Agente secreto
El Agente secreto La señora protectora de Michaelis, el apóstol en libertad condicional de las esperanzas humanitarias, era una de las relaciones más influyentes y distinguidas de la esposa del subcomisario, a quien la señora llamaba Annie, y trataba todavÃa como a una muchacha no demasiado sensata y enteramente desprovista de experiencia. Pero la señora habÃa consentido en aceptarlo a él en un pie amistoso, lo cual no era de ningún modo el caso con todas las relaciones influyentes de su esposa. Se habÃa casado joven y espléndidamente en alguna época remota del pasado; durante un tiempo habÃa tenido una visión cercana de grandes asuntos e incluso de algunos grandes hombres. La señora misma era una gran dama. Avanzada ahora en la cuenta de sus años, tenÃa esa especie de temperamento excepcional que desafÃa el tiempo con desdeñosa indiferencia, como si fuese una convención más bien vulgar a la que se somete la masa inferior de los seres humanos. Muchas otras convenciones, más fáciles, ¡ay!, de dejar de lado, no consiguieron obtener su aceptación, también por motivos temperamentales, sea porque la aburrÃan, o porque se interponÃan en el camino de sus simpatÃas y de sus desprecios. La admiración era un sentimiento desconocido para ella (era uno de los reproches secretos de su muy noble marido en contra de la señora), primero, por estar casi siempre más o menos teñida de mediocridad, y en seguida, porque era de algún modo un reconocimiento de inferioridad. Y ambas cosas eran francamente inconcebibles para su naturaleza. A ella le resultaba fácil ser ferozmente franca en sus opiniones, ya que sólo emitÃa sus juicios desde el punto de vista de su posición social. En sus actos era igualmente desinhibida; y como su tacto procedÃa de su humanidad auténtica, conservaba notablemente su vigor fÃsico, y su superioridad era serena y cordial, habÃa sido infinitamente admirada por tres generaciones, y la última que tenÃa probabilidades de ver habÃa declarado que era una mujer extraordinaria. Entretanto, inteligente, con una especie de altiva simplicidad, y profundamente curiosa, aunque no lo fuese, como muchas mujeres, del simple chismorreo mundano, se divertÃa a su edad atrayendo al alcance de su vista, a través del poder de su grande y casi histórico prestigio social, todo lo que se levantaba por encima del nivel medio de la humanidad, en forma legal o ilegal, por la posición, el talento, la audacia, la desgracia o la suerte. Altezas Reales, artistas, hombres de ciencia, jóvenes estadistas, y charlatanes de todas las edades y condiciones, personajes insubstanciales y ligeros que señalan mejor, al flotar como corchos, la dirección de las corrientes superficiales, habÃan sido recibidos en esa casa, escuchados, examinados, comprendidos, estimados en su valor, para la edificación de la señora. Según sus propias palabras, a ella le gustaba observar hacia dónde iba el mundo. Y como tenÃa una mente práctica, su juicio sobre los hombres y las cosas, aun cuando se basara en prejuicios especiales, se equivocaba rara vez del todo, y no era casi nunca testarudo. Su salón era probablemente el único lugar en el vasto mundo donde un subcomisario de PolicÃa podÃa encontrarse con un reo en libertad condicional sin que mediaran motivos profesionales u oficiales. El subcomisario no recordaba muy bien quién habÃa llevado ahà una tarde a Michaelis. CreÃa que debÃa de ser un miembro del Parlamento de parentela ilustre y simpatÃas no convencionales, que daban tema permanente para los chistes de las publicaciones cómicas. Las notabilidades e incluso los simples personajes notorios de un dÃa se llevaban unos a otros, libremente, a ese templo de la no innoble curiosidad de una vieja mujer. No se podÃa adivinar nunca a quién encontrarÃa uno al ser recibido en forma semiprivada junto al biombo de seda azul desteñida y molduras doradas, que en el gran salón formaba una esquina acogedora para un diván y unos pocos sillones, entre el murmullo de las voces y la gente sentada o de pie a la luz de seis altas ventanas.
