El Agente secreto
El Agente secreto En el escaparate había fotografías de bailarinas más o menos desvestidas; indefinidos paquetes en envoltorios que parecían de medicinas; sobres de papel amarillo cerrados, muy delgados, y con la marca dos por seis en gruesas cifras negras; unos pocos números de antiguas publicaciones cómicas francesas, colgados de una cuerda como si los hubieran puesto a secar; un desteñido bol azul de porcelana china, un cofrecillo de madera negra, botellas de tinta para marcar, y sellos de goma; algunos libros cuyos títulos insinuaban la obscenidad; algunas copias aparentemente viejas de periódicos oscuros, mal impresos, con títulos como la Antorcha, el Gong; títulos vigorizantes. Y los dos mecheros de gas situados al interior de los cristales tenían la llama siempre baja, sea por consideraciones de ahorro o por consideración a la clientela.