El Agente secreto
El Agente secreto El subcomisario caminó a lo largo de una calle corta y angosta como una trinchera húmeda, llena de lodo, y cruzando después una avenida muy amplia entró a un edificio público, donde pidió hablar con el joven secretario privado (ad honorem) de un gran personaje.
Este joven de rostro suave y bien parecido, cuyos cabellos peinados en forma simétrica le daban el aspecto de un colegial grande y pulcro, recibió la petición del subcomisario con una mirada dubitativa, y habló con aliento entrecortado.
—¿Si él querrá verlo? Realmente no lo sé. Hace una hora caminó desde la Cámara para hablar con el subsecretario permanente, y ahora está listo para caminar de regreso. PodÃa haberlo mandado llamar; pero lo hace para hacer un poco de ejercicio, me imagino. Es el único ejercicio que tendrá tiempo de hacer mientras dure esta sesión. No me quejo; estos pequeños paseos más bien me gustan. Él se apoya en mi brazo, y no abre la boca. Pero me parece que está muy cansado, y, digamos, de un humor no demasiado apacible.
—Está en conexión con ese asunto de Greenwich.
—¡Oh! ¡Vamos! Está muy irritado con ustedes. Pero iré a preguntarle, si usted insiste.
—Hágalo. Sea buen chico —dijo el subcomisario.
