El Agente secreto
El Agente secreto Después de insuflar, por medio de persistentes intrusiones, una especie de calor al frío interés de numerosos hoteleros (conocidos que fueron en una época de su difunto y desgraciado marido), la madre de la señora Verloc había conseguido por fin ser admitida en ciertos asilos fundados por un hotelero rico para las viudas indigentes de la profesión.
La vieja mujer había perseguido este objetivo, incubado en la astucia de su corazón intranquilo, con reserva y determinación. Era la época en que su hija Winnie no pudo dejar de observar al señor Verloc que «mamá ha estado gastando casi todos los días, esta última semana, medias coronas y cinco chelines en tarifas de coche». Pero la observación no fue hecha con mala voluntad. Winnie respetaba las debilidades de su madre. Sólo estaba un poco sorprendida por esta súbita manía de la locomoción. El señor Verloc, que a su modo no dejaba de ser magnífico, descartó la observación con un gruñido impaciente porque interfería con sus meditaciones. Éstas eran frecuentes, profundas y prolongadas; recaían sobre una materia más importante que cinco chelines. Claramente más importante, e incomparablemente más difícil de considerar en todos sus aspectos con serenidad filosófica.
