El Agente secreto
El Agente secreto —Has hecho lo que querÃas, mamá. Tú serás la única responsable si después no estás feliz. Y no creo que lo estés. Eso no creo. ¿No tenÃas suficientes comodidades en la casa? ¿Qué dirá la gente de nosotros ahora que tú te entregas en esta forma a la beneficencia?
—Querida mÃa —gritó concienzudamente la vieja mujer por encima del ruido—, tú has sido para mà la mejor de las hijas. En cuanto al señor Verloc… él…
Como las palabras le faltaron al tratarse de las excelencias del señor Verloc, giró sus viejos ojos lacrimosos hacia el techo del coche. Después desvió la cabeza con el pretexto de mirar por la ventana, como para apreciar el avance que hacÃan. Era insignificante, y tenÃa lugar junto al filo de la acera. La noche, la sucia noche temprana, la siniestra, bulliciosa, desesperada y pendenciera noche del sur de Londres, la habÃa alcanzado en su último trayecto en coche. A la luz de gas de las tiendas de techo bajo, sus grandes mejillas brillaban con un resplandor naranja debajo de un bonete negro y lila.