El Agente secreto
El Agente secreto Cuando el señor Verloc regresó del continente al cabo de diez días, traía una mente que sin duda no había sido refrescada por las maravillas de un viaje al extranjero y un rostro que no había sido iluminado por las alegrías de volver al hogar. Penetró en el estrépito de la campanilla de la tienda con un aire de agotamiento disgustado y sombrío. Con la maleta en la mano y la cabeza baja, avanzó derecho detrás del mostrador, y se dejó caer en una silla, como si hubiera recorrido a pie todo el camino desde Dover. Era temprano en la mañana. Stevie, que sacudía el polvo de diversos objetos desplegados en las vitrinas, se volvió para mirarlo con temor reverencial.
—¡Toma! —dijo el señor Verloc, dando un ligero puntapié a la maleta de viaje que estaba en el suelo; y Stevie se lanzó sobre ella, la cogió y se la llevó con devoción triunfal. Actuó con tanta prontitud que el señor Verloc quedó claramente sorprendido.
Ya la señora Neale, ante el ruido de la campanilla, había mirado a través de la puerta, mientras limpiaba de rodillas la chimenea de la sala, se había levantado y había partido, en delantal, manchada por el interminable trabajo, a decirle a la señora Verloc en la cocina que «ahí estaba el señor de vuelta».
Winnie no se acercó más allá de la puerta interior de la tienda.
—Querrás desayuno —dijo desde la distancia.
