El Agente secreto

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Dos

Así era la casa, la familia, y el negocio que el señor Verloc dejaba tras de sí, al emprender camino rumbo al oeste a las diez y treinta horas de la mañana. Era excepcionalmente temprano para él; toda su persona exhalaba el encanto de una frescura matutina; llevaba su abrigo de paño azul desabotonado; sus botas brillaban; sus mejillas, recién afeitadas, tenían una especie de lustre; e incluso los ojos de pesados párpados, refrescados por una noche de sueño apacible, lanzaban destellos relativamente vivaces. Estas miradas veían, a través de las verjas del parque, a hombres y mujeres que cabalgaban en la Fila, parejas que pasaban a un medio galope armonioso, otras que avanzaban sosegadamente, al paso, grupos perezosos de tres o de cuatro, jinetes solitarios de aspecto poco sociable, y solitarias mujeres seguidas a gran distancia por un mozo con una escarapela en el sombrero y un cinturón de cuero sobre su ajustada casaca. Pasaban los coches. En su mayoría eran berlinas de dos caballos, pero por aquí y por allá se veía una victoria con la piel de algún animal salvaje en su interior y una cabeza y un sombrero femenino que emergían por encima de la capota plegada. Y un sol típicamente londinense —contra el cual nada podía decirse, salvo que parecía inyectado en sangre— glorificaba todo esto con su mirada. Se hallaba suspendido sobre Hyde Park Corner a moderada altura, con un aire de vigilancia puntual y benigna. Bajo esa luz difusa, en la que ni muro, ni árbol, ni bestia, ni hombre arrojaban sombra, el pavimento mismo que hollaban los pies del señor Verloc adquiría un matiz de oro antiguo. El señor Verloc se encaminaba al oeste a través de una ciudad sin sombras en una atmósfera de polvoriento oro viejo. Había destellos rojizos, de color de cobre, en los techos de las casas, en las aristas de las paredes, en los paneles de los coches, hasta en las mantas de los caballos, y en las anchas espaldas del abrigo del señor Verloc, donde producían un efecto de ligera herrumbre. Pero el señor Verloc no tenía la más mínima conciencia de haberse puesto herrumbroso. A través de las verjas del parque, reconocía con una mirada de aprobación la evidente opulencia y el lujo de la ciudad. Toda esta gente necesitaba ser protegida. La protección es la necesidad primera de la opulencia y del lujo. Tenía que ser protegida; y tenían que ser protegidos sus caballos, sus coches, sus casas, sus sirvientes; la fuente de su riqueza en el corazón de la ciudad y en el corazón del país tenía que ser protegida; todo el orden social que favorecía su saludable ocio tenía que ser protegido contra la mezquina envidia del trabajo insalubre. Tenía que serlo —y si no hubiera sido por su aversión instintiva a todo ejercicio superfluo, el señor Verloc se habría frotado las manos con satisfacción. Su pereza no era higiénica, pero le venía muy bien. En cierto modo estaba entregado a ella con una especie de fanatismo inerte, o más bien, quizá, con una inercia fanática. Nacido de padres industriosos para una vida de esfuerzo, había abrazado la indolencia movido por un impulso tan profundo como inexplicable y tan imperioso como el impulso que dirige las preferencias de un hombre hacia una mujer determinada entre miles. Era demasiado perezoso incluso para ser un simple demagogo, un orador obrero, un dirigente del trabajo. Era complicarse demasiado la vida. Él necesitaba una forma más perfecta de comodidad; o bien puede que fuese la víctima de una incredulidad filosófica en la efectividad de cualquier esfuerzo humano. Es una forma de indolencia que exige, que implica cierto grado de inteligencia. El señor Verloc no estaba desprovisto de inteligencia— y ante la noción de un orden social amenazado quizá se hubiera hecho un guiño a sí mismo si hacer esa señal de escepticismo no hubiera exigido un esfuerzo. Sus ojos grandes y prominentes no estaban bien adaptados para hacer guiños. Más bien pertenecían a la especie de los que se cierran solemnemente en el sueño, con majestuoso efecto.


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