El Agente secreto
El Agente secreto —Creo que lo recibirá de inmediato. Está sentado solo en su despacho, pensando hasta en el último detalle —concluyó Toodles, con desenfado—. Venga.
No obstante su disposición bondadosa, el joven secretario privado (ad honorem) era accesible a las debilidades corrientes de la humanidad. No querÃa herir los sentimientos del subcomisario, que le parecÃa una persona que con toda evidencia habÃa realizado un trabajo desastroso. Pero su curiosidad era demasiado fuerte para ser reprimida por la simple compasión. Mientras caminaban, fue incapaz de no lanzar por encima del hombro, ligeramente:
—¿Y su mojarra?
—La cogà —contestó el subcomisario, con una concisión que no pretendÃa en absoluto ser desagradable.
—Buena cosa. Usted no sabe lo que les molesta a estos grandes hombres sufrir una decepción en asuntos pequeños.
Después de esta profunda observación, el experimentado Toodles pareció reflexionar. En cualquier caso, no dijo nada durante dos segundos completos. Después:
—Me alegro. Pero… digo yo… ¿se trata de veras de un asunto tan pequeño como usted lo muestra?
—¿Sabe usted lo que se puede hacer con una mojarra? —preguntó a su turno el subcomisario.