El Agente secreto
El Agente secreto Su apetito no provenía de la insensibilidad. El señor Verloc no había tomado desayuno ese día. Había salido de casa en ayunas. Como no era un hombre enérgico, encontraba su resolución en la excitación nerviosa, que parecía sujetarlo de la garganta. No habría podido tragar nada sólido. La cabaña de Michaelis estaba tan desprovista de provisiones como la celda de un prisionero. El apóstol en libertad condicional vivía de un poco de leche y de costras de pan añejo. Aún más, cuando llegó el señor Verloc, ya había subido después de su frugal comida. Absorbido en la tarea y el placer de la composición literaria, ni siquiera había respondido al grito del señor Verloc por el hueco de la pequeña escalera.
—Me llevo a este joven a casa por un día o dos.
Y, a la verdad, el señor Verloc no esperó una respuesta, pero salió de la cabaña de inmediato, seguido por el obediente Stevie.