El Agente secreto
El Agente secreto Hizo una pausa. El pecho de la señora Verloc se agitó convulsivamente. Esto no fue tranquilizador para el señor Verloc, para quien la situación que acababa de crearse exigía de las dos personas más involucradas en ella calma, decisión, y otras cualidades incompatibles con el desorden mental del dolor apasionado. El señor Verloc era un hombre humano; había llegado a casa preparado para tolerar cualquier extremo en el afecto de su esposa por su hermano. Pero no entendía ni la naturaleza ni la completa extensión de ese sentimiento. Y en esto él era excusable, ya que para él era imposible comprenderlo sin dejar de ser él mismo. Estaba perplejo y decepcionado, y su manera de hablar lo manifestaba en cierta rudeza del tono.
—Podrías mirar a la gente —observó después de esperar un rato.
Como si hubiera sido empujada a través de las manos que cubrían el rostro de la señora Verloc, la respuesta llegó amortecida, casi lastimera.
—No quiero mirarte mientras viva.