El Alma del Guerrero
El Alma del Guerrero Ésta fue, por tanto, la primera ocasión en la que mis camaradas y yo pudimos ver de cerca el Gran Ejército de Napoleón. Era una imagen pasmosa y terrible. Había oído hablar de él; había visto a los rezagados: pequeñas bandas de merodeadores, grupos de prisioneros a lo lejos. ¡Pero éste era el grueso del ejército! Una turba semi-enloquecida y hambrienta que andaba a rastras y dando traspiés. Emergía del bosque a casi dos kilómetros de distancia, y su vanguardia se perdía entre la oscuridad de los campos. Avanzamos hacia ella al trote, al máximo rendimiento que podíamos sacarles a nuestros caballos, y arremetimos contra esa masa humana como si de una ciénaga ambulante se tratara. No hubo resistencia. Oí algunos disparos, media docena quizá. Parecía que se le hubiesen congelado hasta los sentidos. Mientras cabalgaba al frente de mi escuadrón tuve tiempo de echarle una buena ojeada. Pues bien, puedo aseguraros que entre los hombres que caminaban en el margen exterior de la columna había algunos tan ajenos a todo lo que no fuera su propia desdicha que ni siquiera volvieron la cabeza para mirar nuestra carga. ¡Soldados!