El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas "Estaba yo mirando hacia el palo de sonda, muy disgustado al comprobar que sobresalía cada vez un poco más, cuando vi que el hombre abandonaba su ocupación y se tendía sobre cubierta, sin preocuparse siquiera de subir a bordo el palo, seguía sujetándolo con la mano, y el palo flotaba en el agua. Al mismo tiempo el fogonero, al que también podía ver debajo de mí, se sentó bruscamente ante la caldera y hundió la cabeza entre las manos. Yo estaba asombrado. Después miré rápidamente hacia el río, donde vi un tronco de árbol sumergido. Unas varas, unas varas pequeñas, volaban alrededor; zumbaban ante mis narices, caían cerca de mí e iban a estrellarse en la cabina de pilotaje. Pero a la vez el río, la playa, la selva, estaban en calma, en una calma perfecta. Sólo podía oír el estruendoso chapoteo de la rueda, en la popa, y el zumbido de aquellos objetos. ¡Por Júpiter, eran flechas! ¡Nos estaban disparando! Entré rápidamente en la cabina a cerrar las ventanas que daban a la orilla del río. El estúpido timonel, con las manos en las cabillas del timón, levantaba las rodillas, golpeaba el suelo con los pies, y se mordía los labios como un caballo sujeto por el freno. ¡El muy imbécil! Estábamos haciendo eses a menos de diez pies de la playa. Al asomarme para cerrar las ventanas, me incliné a la derecha y pude ver un rostro entre las hojas, a mi misma altura, mirándome fija y ferozmente.