El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas "'Guía en línea recta', le dije al timonel. Su cabeza miraba con rigidez hacia adelante, los ojos giraban, y continuaba levantando y bajando los pies lentamente. Tenía espuma en la boca. '¡Mantén la calma!', le ordené furioso. Pero era igual que si le hubiera ordenado a un árbol que no se inclinara bajo la acción del viento. Me lancé hacia afuera. Debajo de mí se oía un estruendo de pies sobre la cubierta metálica y exclamaciones confusas. Una voz gritó: '¿No puede dar la vuelta?' Percibí un obstáculo en forma de V delante del barco, en el agua. ¿Qué era aquello? ¿Otro tronco? Una descarga de fusilería estalló a mis pies. Los peregrinos habían disparado sus winchesters, rociando de plomo la maleza. Se elevó una humareda que fue avanzando lentamente hacia adelante. Lancé un juramento. Ya no podía ver el obstáculo. Yo permanecía de pie, en la puerta, observando las nubes de flechas que caían sobre nosotros. Podían estar envenenadas, pero por su aspecto no podía uno pensar que llegaran a matar a un gato. La maleza comenzó a aullar, y nuestros caníbales emitieron un grito de guerra. El disparo de un rifle a mis espaldas me dejó sordo. Eché una ojeada por encima de mi hombro; la cabina del piloto estaba aún llena de humo y estrépito cuando di un salto y agarré el timón. Aquel imbécil negro lo había soltado para abrir la ventana y disparar un Martini-Henry. Estaba de pie ante la ventana abierta y resplandeciente. Le ordené a gritos que volviera, mientras corregía en ese mismo instante la desviación del barco. No había modo de dar la vuelta. El obstáculo estaba muy cerca, frente a nosotros, bajo aquella maldita humareda. No había tiempo que perder, así que viré directamente hacia la orilla donde sabía que el agua era profunda.