El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblas

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"Eso hice precisamente, después de haber realizado aquel sencillo funeral. Íbamos a media velocidad, manteniéndonos en medio de la corriente. Yo escuchaba las conversaciones que tenían lugar a mis espaldas. Habían renunciado a Kurtz, renunciado a la estación. Kurtz habría muerto; la estación habría sido quemada, etcétera. El peregrino pelirrojo estaba fuera de sí ante el pensamiento de que por lo menos aquel Kurtz había sido debidamente vengado. '¿No es cierto? Debemos haber hecho una magnífica matanza entre los matorrales. ¿Eh? ¿Qué piensan? ¿Digan?' Bailaba de júbilo. ¡El pequeño y sanguinario mendigo color jengibre! ¡Y casi se había desvanecido al ver el cadáver del piloto! No pude contenerme y le dije: 'Al menos produjo usted una gloriosa cantidad de humo.' Yo había podido ver, por la forma en que las copas de los arbustos crujían y volaban, que casi todos los disparos habían sido demasiado altos. No es posible dar en el blanco a menos que apunten y tiren desde el hombro, pero aquellos tipos tiraban con el arma apoyada en la cadera y los ojos cerrados. La retirada, sostuve, y en eso tenía toda la razón, había sido provocada por el pitido de la sirena. En ese momento se habían olvidado de Kurtz y aullaban a mi lado con protestas de indignación. El director estaba junto al timón, murmurándome confidencialmente la necesidad de escapar río abajo antes de que oscureciera, cuando vi a distancia un claro en el bosque y los contornos de una especie de edificio. '¿Qué es esto?', pregunté. Dio una palmada sorprendido. '¡La estación!', gritó. Me acerqué a la orilla inmediatamente, aunque conservando la navegación a media velocidad. "A través de mis gemelos vi el declive de una colina con unos cuantos árboles y el terreno enteramente libre de maleza. En la cima se veía un amplio y deteriorado edificio, semioculto por la alta hierba. Los grandes agujeros del techo puntiagudo se observaban desde lejos como manchas negras. La selva y la maleza formaban el fondo. No había empalizada ni tapia de ninguna especie, pero era posible que hubiera habido antes una, ya que cerca de la casa pude ver media docena de postes delgados alineados, toscamente adornados, con la parte superior decorada con unas bolas redondas y talladas. Los barrotes, o cualquier cosa que hubiera habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto el bosque lo rodeaba todo. La orilla del río estaba despejada, y junto al agua vi a un blanco bajo un sombrero parecido a una rueda de carro. Nos hacía señas insistentes con el brazo. Al examinar los lindes del bosque de arriba abajo, tuve casi la seguridad de ver movimientos, formas humanas deslizándose aquí y allá. Me fui acercando con prudencia, luego detuve las máquinas y dejé que el barco avanzara hacia la orilla. El hombre de la playa comenzó a gritar, llamándonos a tierra. 'Hemos sido atacados', gritó el director. 'Lo sé, lo sé. No hay problema', gritó el otro en respuesta, tan alegre como se lo puedan imaginar. 'Vengan, no hay problema. Me siento feliz.'


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