El corazón de las tinieblas
El corazón de las tinieblas Olvidaba que yo no había escuchado ninguno de aquellos espléndidos monólogos sobre, ¿sobre qué?, el amor, la justicia, la conducta del hombre, y otras cosas por el estilo. Si hubiera tenido necesidad de arrastrarse ante el señor Kurtz, lo hubiera hecho como el salvaje más auténtico de todos ellos. Yo no tenía idea de la situación, el ruso me dijo que aquellas cabezas eran cabezas de rebeldes. Le ofendió extraordinariamente mi risa. ¡Rebeldes! ¿Cuál sería la próxima definición que debía yo oír? Había oído hablar de enemigos, criminales, trabajadores… ahora de rebeldes. Aquellas cabezas rebeldes me parecían muy apaciguadas desde sus postes.
"'Usted no sabe cómo ha fatigado esta vida al señor Kurtz', gritó su último discípulo.
'Bueno, ¿y a usted?', le dije. '¡A mí! ¡A mí! Yo soy un hombre sencillo. No tengo grandes ideas. No quiero nada de nadie. ¿Cómo puede compararme con… ?'
Apenas acertaba a expresar sus sentimientos, de pronto se detuvo. 'No comprendo', gimió. 'He hecho todo lo posible para conservarle con vida, y eso es suficiente. Yo no he participado en todo esto. No tengo ninguna capacidad para ello. Durante meses no ha habido aquí ni una gota de medicina ni un bocado para un hombre enfermo.