El pirata
El pirata Como habían puesto un solo cubierto para el teniente en el extremo de una larga mesa de la sala, él comió allí mientras los otros lo hacían en la cocina: el extraño y variado grupo de costumbre, servido por la inquieta y silenciosa Catherine. Pensativo y hambriento, Peyrol se hallaba sentado frente al ciudadano Scevola, vestido con ropas de trabajo y muy concentrado en sí mismo. El aspecto de Scevola era más febril que lo usual, con las manchas rojas de sus pómulos muy acusadas sobre la espesa barba. De vez en cuando, la señora de la granja abandonaba su lugar junto al viejo Peyrol y se iba a la salle para atender al teniente. Las otras tres personas no parecían reparar en sus ausencias. Hacia el final de la comida Peyrol se retrepó en su silla de madera, y dejó descansar su mirada en el ex terrorista que aún no había terminado y seguía atareado en su plato, con el aire del hombre que ha tenido una dura mañana de trabajo. La puerta que conducía de la cocina a la salle estaba abierta de par en par, pero ningún sonido de voces atravesaba su umbral.
