El pirata

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Capítulo 9

Al perder de vista al perplejo teniente, Peyrol descubrió que tenía la mente absolutamente en blanco. Echó una mirada de soslayo a la casa —que encerraba un problema de índole radicalmente distinta, y que podía aguardar— e inició el descenso hacia su tartana. La extraña sensación de tener la cabeza vacía le imponía la acuciante necesidad de proporcionar a ésta, sin pérdida de tiempo, algún pensamiento. Se descolgó agarrándose a los matorrales y pisando de piedra en piedra con la mecánica precisión y seguridad de una larga práctica, y sin cesar ni por un momento en el esfuerzo de colocar algún plan concreto en su cabeza. La ensenada se hallaba a su derecha, llena de una luz pálida, mientras que el resto del Mediterráneo se extendía a lo lejos, en un azul oscuro y sereno. Peyrol se dirigía a la pequeña dársena en la que su tartana había estado oculta durante años, como una joya en un cofre, destinada únicamente al secreto regocijo de sus ojos, sin más uso práctico que el tesoro de un avaro, e igualmente querida. Se sentó a descansar en un hoyo en el que crecían unos pocos matorrales y hasta algunas briznas de hierba. Su mundo visible se limitaba, en esa posición, a una ladera rocosa, unos pocos pedrejones, el matorral contra el que se recostaba y la vista de un fragmento vacío de horizonte marino. Se percató de que detestaba mucho más a aquel teniente cuando no lo tenía delante. Había algo en aquel tipo. Bueno, en cualquier caso se había desembarazado de él por unas ocho o diez horas. Una cierta inquietud se apoderó del viejo pirata, una suerte de amenaza con respecto a la estabilidad de las cosas, que fue todo menos bien recibida. Se preguntó la razón de aquella sensación y el pensamiento «Me estoy haciendo viejo» cruzó de nuevo como un intruso por su cabeza. Y, sin embargo, era consciente del vigor de su cuerpo. Aún podía gatear furtivamente como un indio y todavía podía utilizar su fiel porra para golpear con bastante precisión la cabeza de un hombre, y con la fuerza suficiente como para derribarle como un buey. Eso era lo que había hecho no más de doce horas antes, a las dos de la madrugada anterior, con facilidad, sin esforzarse demasiado. Aquello le animó. Pero todavía no daba con la idea que perseguía. No con lo que podría uno llamar una verdadera idea. Y como no la veía venir, tampoco había razón para permanecer sentado.


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