El pirata
El pirata Al perder de vista al perplejo teniente, Peyrol descubrió que tenÃa la mente absolutamente en blanco. Echó una mirada de soslayo a la casa —que encerraba un problema de Ãndole radicalmente distinta, y que podÃa aguardar— e inició el descenso hacia su tartana. La extraña sensación de tener la cabeza vacÃa le imponÃa la acuciante necesidad de proporcionar a ésta, sin pérdida de tiempo, algún pensamiento. Se descolgó agarrándose a los matorrales y pisando de piedra en piedra con la mecánica precisión y seguridad de una larga práctica, y sin cesar ni por un momento en el esfuerzo de colocar algún plan concreto en su cabeza. La ensenada se hallaba a su derecha, llena de una luz pálida, mientras que el resto del Mediterráneo se extendÃa a lo lejos, en un azul oscuro y sereno. Peyrol se dirigÃa a la pequeña dársena en la que su tartana habÃa estado oculta durante años, como una joya en un cofre, destinada únicamente al secreto regocijo de sus ojos, sin más uso práctico que el tesoro de un avaro, e igualmente querida. Se sentó a descansar en un hoyo en el que crecÃan unos pocos matorrales y hasta algunas briznas de hierba. Su mundo visible se limitaba, en esa posición, a una ladera rocosa, unos pocos pedrejones, el matorral contra el que se recostaba y la vista de un fragmento vacÃo de horizonte marino. Se percató de que detestaba mucho más a aquel teniente cuando no lo tenÃa delante. HabÃa algo en aquel tipo. Bueno, en cualquier caso se habÃa desembarazado de él por unas ocho o diez horas. Una cierta inquietud se apoderó del viejo pirata, una suerte de amenaza con respecto a la estabilidad de las cosas, que fue todo menos bien recibida. Se preguntó la razón de aquella sensación y el pensamiento «Me estoy haciendo viejo» cruzó de nuevo como un intruso por su cabeza. Y, sin embargo, era consciente del vigor de su cuerpo. Aún podÃa gatear furtivamente como un indio y todavÃa podÃa utilizar su fiel porra para golpear con bastante precisión la cabeza de un hombre, y con la fuerza suficiente como para derribarle como un buey. Eso era lo que habÃa hecho no más de doce horas antes, a las dos de la madrugada anterior, con facilidad, sin esforzarse demasiado. Aquello le animó. Pero todavÃa no daba con la idea que perseguÃa. No con lo que podrÃa uno llamar una verdadera idea. Y como no la veÃa venir, tampoco habÃa razón para permanecer sentado.
