El pirata
El pirata Familiar e indiferente a sus ojos, material y sombrÃo, el mar habÃa empalidecido en toda su voluble extensión bajo el pálido sol, como en una respuesta sentimental y enigmática, tan enigmática como la gran mancha ovalada de agua oscura que se extendÃa hacia el oeste, y como aquella ancha cinta azul trazada sobre las aguas plateadas, cual una parábola magistralmente descrita por un dedo invisible a modo de sÃmbolo de un eterno peregrinar… La fachada de la granja podrÃa haber sido la de una casa súbitamente abandonada por sus habitantes. En lo alto del edificio, la ventana del teniente permanecÃa abierta, tanto los cristales como las contraventanas. Junto a la puerta de la salle el bieldo apoyado en la pared parecÃa haber sido olvidado por el sans-culotte. Aquel aire de abandono impresionó a Peyrol de una manera inusual. Haber pensado tanto en aquella gente, y no dar ahora con ella, le parecÃa artificial e incluso deprimente. La vida le habÃa proporcionado la oportunidad de ver muchos lugares abandonados: chozas de paja, fortines de barro, palacios de reyes, templos de los que toda alma talar habÃa desaparecido… Templos que, sin embargo, nunca daban la impresión de estar vacÃos. Los dioses no los abandonaban. Los ojos de Peyrol se fijaron en el banco contra la pared de la Salle. De haber sido todo normal, el banco estarÃa ocupado por el teniente, que tenÃa la costumbre de sentarse en él durante horas, casi sin moverse, como una araña aguardando la llegada de una mosca. Esta paralizante comparación hizo que Peyrol se quedara inmóvil, con la boca torcida y el ceño fruncido ante la visión evocada, más nÃtida y precisa que el hombre mismo, y más turbadora de lo que hubiera sido en realidad.