El pirata
El pirata Arlette abandonó la iglesia por la puerta de la sacristía sin volver la cabeza. El abbé vio su rápido movimiento por el presbiterio, y el edificio la ocultó luego a su mirada. No la acusaba de duplicidad. Se había engañado él sólo. Una pagana. A pesar de su blancura, el negro de su pelo y de sus ojos, el rojo oscuro de sus labios sugerían una corriente de sangre sarracena. Dejó de pensar en ella sin exhalar un suspiro.
Arlette caminó rápidamente hacia Escampobar, como si no pudiera llegar a tiempo, pero al aproximarse al primer campo cercado sus pasos se hicieron más lentos, y, tras un instante de vacilación, se sentó entre dos olivos, junto a un muro bordeado por un fino manto de hierba a sus pies. «Y si fui posesa —se preguntó a sí misma—, tal como el abbé ha dicho, ¿qué es lo que me ocurre ahora? Aquel espíritu maligno me arrebató el ser del cuerpo, y el cuerpo también. He vivido vacía durante años. Nada tenía sentido para mí».
