El pirata
El pirata Mientras su tripulación de espantajos medio famélicos, duros como el pedernal y ávidos como lobos de las delicias de la costa, pululaba por lo alto de la arboladura plegando las velas, casi tan gastadas y parcheadas como sus propias camisas mugrientas, Peyrol contempló los grupos que se formaban a lo largo del muelle para ver el nuevo arribaje. Se fijó particularmente en un buen número de hombres con gorros rojos, y se dijo: «Ahí los tienes». Entre las tripulaciones de los barcos que habían llevado la tricolor hasta los mares de Oriente, se contaban por centenares los que profesaban los principios sans-culottes; siempre los había considerado unos arrogantes y jactanciosos pordioseros. Pero ahora tenía ante los ojos la casta de los que se habían quedado en tierra. Aquellos que habían asegurado la Revolución. Los auténticos revolucionarios. Después de contemplarlos un buen rato, volvió a su camarote con la intención de arreglarse para desembarcar.
